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viernes, 12 de diciembre de 2008

Sobre soledades

“Cada día estoy sola en mi habitación, pero acompañada por ti, tú estas en mi interior”…LP.

Necesitamos de los otros, y los otros necesitan de nosotros, es una afirmación correcta, pero en estos días la sociedad la ha manipulado de tal forma que se han alterado los valores. Ya no se necesita de otro para compartir ideas, ayudarse y aprender, sino que se necesita del otro meramente por intereses egoístas. Ahora el hombre cae en soledad al sentirse manipulado y aprovechado, frustrando el encuentro de otro solo por el mero placer de distracción o competividad.
Otros en cambio han perdido su habilidad de estar solo por el hecho de ser famoso, sufren de otro tipo de soledad, la soledad a no encontrarse con ellos mismos. Tanta exterioridad, que la interioridad queda perdida en una nebulosa oscura. Entonces se crean ídolos de carne y hueso, fríos y desconocidos, solos en su interior, huecos en otras palabras. El “hombre absurdo”, tanto trabajar para exponerse, para obtener el éxito social, pero, que al fin, vive una soledad que él mismo se impone. Este hombre toma su yo muy en serio, que finalmente lo sacrifica.
Detenerse en un equilibrio sobre el hacer y el ser, es muy necesario para no sentirse solo, porque hay algunos que de tanto hacer no se conocen y otros que de no hacer nada no quieren conocerse. Los unos y los otros evaden el hecho de estar a solas consigo mismo, los primeros debido a tanta actividad y los segundos a su desinterés. Lo más triste es que no encuentran nada de que hablar con ellos mismos. Seres solitarios interiormente.

“Cada día creo menos en todas esas otras cuestiones que han inventado las gentes para no tener que afrontar la única verdadera cuestión que existe: la cuestión humana, que es la mía, y la tuya, y la del otro, y la de todos.
Y como sé que me dirás que juego con los vocablos y me preguntarás lo que quiero decir con eso de la cuestión humana, habré de repetírtelo una vez más: la cuestión humana es la cuestión de saber qué habrá de ser de mi conciencia, de la tuya, de la del otro y de la de todos después de que cada uno de nosotros se muera. Todo lo que no sea encarar esto, es meter ruido para no oírnos. Y he aquí por qué tememos tanto a la soledad y buscamos los unos la compañía de los otros.
Se busca la sociedad no más que para huirse cada cual de sí mismo, y así, huyendo cada uno de sí, no se juntan y conversan sino sombras vanas, miserables espectros de hombres” (M. de Unamuno, Soledad. Ensayos, Madrid, Aguilar, 1951).

Hay otros que voluntariamente acogen la soledad, estos simplemente la hacen, sin estar acompañados pero en su interior no se sienten así, sino que constantemente piensan en otros, sus recuerdos, no le permiten el dolor de soledad. Este hombre se acompaña a si mismo, lo que más tarde le permite acompañar a los demás.